Érase una vez en un reino muy lejano en el que vivía una reina llamada Alma.
La reina tenía cuatro hijas. La mayor se llamaba Michelle. La segunda segunda tenía por nombre Ragna. La tercera se llamaba Trinidad y la más pequeña se llamaba Alejandra. La reina andaba muy preocupada porque el carácter de sus hijas era muy diferente y muy peculiar. Michelle vivía completamente atemorizada. Le asustaba la oscuridad y sentía pavor ante casi cualquier cosa desconocida que se cruzaba en su vida. Ragna era una joven con mucho carácter. De espíritu rebelde contestaba a menudo a su madre y en palacio no tenía miedo a enfrentarse a cualquiera que le llevara la contraria. Era un polvorín. Trinidad era una hermosa joven, pero su belleza quedaba eclipsada por su melancolía. Siempre apagada, y sin chispa. Era fácil encontrarla llorando en algún rincón del castillo. Alejandra era todo lo contrario. Estaba siempre contenta, desprendía energía positiva y era muy activa. Su madre estaba preocupada porque no daba el perfil de una princesa heredera. Andaba de banquete real en banquete real, siempre dispuesta a ir a cualquier al baile de cualquier palacio.
Un día la Reina Alma acudió a ver a la maga real a pedirle consejo.
-Mis hijas son muy diferentes entre sí. No parecen hijas de la misma madre -le dijo Alma a la maga-. Estoy preocupada por ellas. La maga le dio a la reina Alma una poción mágica llamada Sati -tómate ésta poción y verás como cambiara todo-, le dijo con mucha seguridad. La reina le hizo caso y sin pensarlo dos veces se tomó la poción.
Pasaban las horas y la poción parece que no hacía ningún efecto. Cada una de sus hijas seguía a su rollo. La reina decidió dar un paseo con sus cuatro hijas por el bosque real. Sin más compañía, dejando a los guardias en castillo. Confiaba mucho en su maga y quería ver el efecto de la pócima.
Pero al caer la tarde, las cinco se dieron cuenta de que se habían perdido en el bosque. Buscaron sin éxito el camino de regreso a casa. La reina Alma se asustó mucho, pues era conocedora de los peligros que acechaban en el bosque: las manadas de lobos campaban a sus anchas. Las cinco podrían acabar siendo la cena de las fieras hambrientas. Por otra parte era una noche de invierno y en el bosque las temperaturas bajaban por debajo de los cero grados. Podrían morir de frío. Presa del miedo, la reina se dirigió a sus hijas y les dijo: -Hijas mías, tenemos que estar preparadas para lo peor.
-De éso nada -gritó enfurecida Ragna- ¡Yo no voy a morir aquí, y nadie de nosotras tampoco! ¡Tenemos que regresar al castillo como sea!
Trinidad en un tono más comedido dijo -vamos a juntarnos junto a esas rocas y reflexionemos.
Michelle, que era muy prudente, temiendo lo peor se había hecho con unos enseres antes de abandonar el castillo. Abriendo su zurrón les dijo -yo he cogido una calabaza con agua y un pedazo de queso. Además, también he cogido un pedernal. Podremos hacer fuego, mantenernos calientes y ahuyentar a las fieras. Dicho y hecho. Hicieron un fuego y pasaron la noche lo mejor que pudieron. Al amanecer Alejandra se despertó y se puso a cantar. Irradiaba alegría al ver despuntar la luz del alba y contagió a su madre y a sus hermanas con su optimismo. Fue Alejandra, entre cánticos y juegos, la que encontró el camino de regreso a casa.
Y colorín colorado… este cuento no ha terminado…
Porque en realidad todos somos la reina Alma… pues todos tenemos un alma.
MIchelle en realidad se llama MIEDO.
RAgna en realidad se llama RABIA.
TRInidad en realidad se llama TRISTEZA, y,
ALEjandra en realidad se llama ALEGRÍA.
La pócima Sati es en realidad el Mindfulness… de hecho la propia palabra Mindfulness deriva del termino Sati en Pali, que fue un idioma utilizado en los primeros textos budistas. Las hijas de Alma no son más que las cuatro emociones básicas que todos tenemos. Y que tienen su utilidad, nos gusten más o nos gusten menos. La reina no supo ver la verdadera cara de sus hijas hasta que no tomó la poción Sati. De la misma forma, si desde el Mindfulnes, no suspendemos los juicios y prestamos atención plena a las emociones, no las podremos ver como son, ni podremos valorar verdaderamente su esencia y su utilidad.
No hay emociones mejores ni peores. Todas forman parte de nuestra naturaleza.